miércoles, 4 de marzo de 2009

Escuchemos al Mariscal

Los directores técnicos deben reunir al menos tres condiciones que considero excluyentes. La primera es la elección de los jugadores. Elegir mal es como optar por una mala esposa, un mal amigo o un socio deshonesto. Es vital elegir a los que juegan bien individualmente pero que también juegan con los demás, en equipo.

La segunda condición es el trabajo semanal, o de campo, que prioriza las necesidades, pero sabiendo además qué es lo que quieren los jugadores, qué cosa harán con mayor placer. No aburrirlos con prácticas insoportables que no enseñan nada. El jugador feliz trabaja mejor. En Inglaterra, por ejemplo, todo se hace con la pelota. Al futbolista inglés no le pidas que te corra un metro sin la pelotita, no hay cómo convencerlo.

La tercera cuestión es el ajedrez que debe jugar en la cancha, siempre y cuando se tenga una mirada superobjetiva hacia el juego. Hay entrenadores que cuando empieza el partido se ponen el antifaz... pero sin agujeros para los ojos. Es decir, la ansiedad, el deseo, el miedo a perder (o a ganar) o a ser despedido, pueden más. No ven nada. Por lo tanto, no pueden jugar ese ajedrez fundamental, clave en la carrera de cualquier técnico.

Hablemos entonces del ajedrez que jugó Gorosito contra San Lorenzo. ¿Qué hacer con lo que le pasó? A los 30 segundos se comió el primer gol; a la mierda la charla técnica. Nadie planifica para empezar perdiendo uno a cero. A los 18 minutos ya estaba tres a cero abajo. El equipo se recompuso algo, metió su único gol y el contrario no reaccionaba. Pero sobre el final llegó el cuarto... Como nunca, gol "psicológico" (como si hubiera alguno que no lo fuera).

Imaginemos el entretiempo... Un día, yo también me comí cuatro en los primeros 45. Iba caminando hacia el vesturario y quería que me tragara la tierra. Hay que salir a jugar de nuevo. ¿Pongo a Fabbiani o lo salvo del incendio? Si pongo a Gallardo lo quemo en un partido imposible de dar vuelta. Pero si no los pongo, ¿para qué los llevé al banco?

Fabbiani es lo que para Labruna era la Pepona Reinaldi. Entraba y River ganaba. Un día íbamos perdiendo y le grito al banco: "¡Angel, póngalo!". Pero no... Luego me lo aclaró: "No, ustedes eran un desastre, él no podía entrar hoy. Hay que cuidarlo como pieza ganadora".

Bien, finalmente Pipo quemó las naves. Yo no hubiera hecho entrar a ninguno de los dos. Pero, claro, lo escribo cuando ya sé el resultado... Hay que estar ahí. En ese momento, y en esa situación, qué difícil es para un técnico jugar aquel ajedrez...

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