martes, 31 de julio de 2012

Mi viejo y el Enzo


El Enzo y su segunda chilena


Enzo Francescoli, se sabe, tiene 50 años. Ayer, después de mucho tiempo , en un partido homenaje al Burrito Ortega, al principio del retiro, jugó los setenta minutos ininterrumpidamente. No se puede hablar de fútbol de alta competición. No se puede hablar de tácticas, esfuerzos mancomunados, ni siquiera de plan futbolístico. Era una reunión de amigos, en una cancha grande, profesional. Jugaron para divertirse. Pero jugaron bien.
Lo de Francescoli fue un hecho político. Para River y para la política en general. Después de hacer ese exquisito gol de chilena, le costó levantarse del piso. Se levantó como un hombre grande. Se levantó como el gigante que es. Porque en ese apoyar de sus manos en su propia rodilla luego de la chilena, para erigirse y ponerse de pie mostró toda la grandeza , la sabiduría, la sensatez de la que es capaz y pudo sencillamente mostrar el extraordinario jugador que fue. Pero esta vez en vivo, recibiendo los elogios y abrazos de sus amigos compañeros después del gol. Que no solo abrazaban al ídolo o al amigo. Festejaban su fútbol.
Quiérase o no Enzo el domingo en San Juan marcó un camino. Tal vez como siempre que jugó para River. El maestro gambeteó, pateó al arco, dio pases magistrales, hizo goles increíbles con ...¡50 años!
Digo que marcó un camino porque hay que haber visto jugar al River en el campeonato de la B. No es que dio lástima, aunque tampoco fue un gran equipo. Solo que perdió identidad. Solo tuvo la misma camiseta. El contenido, los jugadores, fueron una pálida versión de esa gran historia.
El logro del ascenso, como todo el mundo sabe, fue un terreno altamente disputado por la soberbia de jugadores y dirigentes. La única sensatez estuvo en manos de Matías Almeyda. Un tipo sobreexigido, tranquilo, voluntarioso, sacrificado, que siendo jugador no pudo torcer el contubernio inconsciente de jugadores y dirigentes que "se dejaron ir a la B" y que por eso mismo, él se hizo cargo de un equipo descendido. Y por eso lloró a mares cuando terminó el partido contra el equipo dirigido por el intelectual Giunta.
Por todo ello, éstas palabras comenzaron a nacer el domingo pasado luego de ver en acción a un Enzo de 50 años. Y entonces deseé. Quise que muchos jugadores de River actuales hayan visto ese partido y les haya hecho pensar, y especialmente que hayan sentido vergüenza. Porque no vamos a discutir la calidad futbolística de Francescoli. Pero es digno de subrayar lo que significa disfrutar del juego, gozar con el fútbol, entenderse con el compañero, liderar dentro de la cancha, llevar el equipo para adelante. Cosas éstas
que han trastrocado la identidad del jugador de River porque nadie quiere agarrar ese verdadero y único fierro caliente, que es conducir dentro de la cancha.
El Enzo fue ayer el maestro de ceremonias de la fiesta del Burrito. Pero jugando como jugó mandó un mensaje. Cuando algunos jugadores que han pasado por la edad actual del Enzo cayeron en depresiones graves, o hasta intentaron suicidarse, él mando un mensaje de vida. Demostró que estando muy de vuelta se puede disfrutar y hacerse cargo de los más jóvenes, mostrando el ejercicio del talento, inventando cosas dentro de una cancha, teniendo al gol como vedette absoluta, burlándose del rival como dice la esencia de este deporte, lejos, muy lejos de cualquier tipo de violencia o arranque de impotencia del rival ridiculizado.
Y el brillo del Enzo protegió al Burrito. Lo hizo descansar del enorme dolor de que le haya llegado el ocaso como futbolista, y en la circunstancia en que se encuentra que es muy lejos de River, muy lejos de la institución. Un Ortega que representó a un River partido, quebrado por la insensatez de sus directivos, su falta de escucha, su quedarse en la historia.
No voy a hablar a propósito de la catarata mediática que suscitó la salida del equipo del Chori y Cavenaghi. Todos se disputaban ser el padre de la criatura: el ascenso.

Volver a las fuentes. Volver al goce por jugar. Volver al espíritu de grupo. Volver a la humildad. Volver al fútbol. Volver a primera.

Roberto

Lio nunca se tira.