El
Enzo y su segunda chilena
Enzo
Francescoli, se sabe, tiene 50 años. Ayer, después de mucho tiempo , en un partido homenaje al Burrito
Ortega, al principio del retiro, jugó los setenta minutos
ininterrumpidamente. No se puede hablar de fútbol de alta competición. No se puede hablar de tácticas, esfuerzos
mancomunados, ni siquiera de plan futbolístico. Era una reunión de amigos, en una cancha grande, profesional. Jugaron
para divertirse. Pero jugaron bien.
Lo de
Francescoli fue un hecho político. Para River y para la política en general. Después de hacer ese exquisito gol
de chilena, le costó levantarse del piso. Se
levantó como un hombre grande. Se
levantó como el gigante que es.
Porque en ese apoyar de sus manos en su propia rodilla luego de la chilena,
para erigirse y ponerse de pie mostró toda la grandeza , la sabiduría, la sensatez de la que es capaz y pudo sencillamente
mostrar el extraordinario jugador que fue. Pero esta vez en vivo, recibiendo
los elogios y abrazos de sus amigos compañeros después del gol. Que no solo abrazaban al ídolo o al amigo. Festejaban su fútbol.
Quiérase o no Enzo el domingo en San Juan marcó un camino. Tal vez como siempre que jugó para River. El maestro gambeteó, pateó al arco, dio pases
magistrales, hizo goles increíbles con ...¡50 años!
Digo que
marcó un camino porque hay que
haber visto jugar al River en el campeonato de la B. No es que dio lástima, aunque tampoco fue un gran equipo. Solo que perdió identidad. Solo tuvo la misma camiseta. El contenido, los
jugadores, fueron una pálida versión de esa gran historia.
El logro
del ascenso, como todo el mundo sabe, fue un terreno altamente disputado por la
soberbia de jugadores y dirigentes. La única sensatez estuvo en manos
de Matías Almeyda. Un tipo
sobreexigido, tranquilo, voluntarioso, sacrificado, que siendo jugador no pudo
torcer el contubernio inconsciente de jugadores y dirigentes que "se
dejaron ir a la B" y que por eso mismo, él se hizo cargo de un equipo
descendido. Y por eso lloró a mares cuando terminó el partido contra el equipo dirigido por el intelectual
Giunta.
Por todo
ello, éstas palabras comenzaron a
nacer el domingo pasado luego de ver en acción a un Enzo de 50 años. Y entonces deseé. Quise que muchos jugadores
de River actuales hayan visto ese partido y les haya hecho pensar, y
especialmente que hayan sentido vergüenza. Porque no vamos a
discutir la calidad futbolística de Francescoli. Pero es
digno de subrayar lo que significa disfrutar del juego, gozar con el fútbol, entenderse con el compañero, liderar dentro de la
cancha, llevar el equipo para adelante. Cosas éstas
que han
trastrocado la identidad del jugador de River porque nadie quiere agarrar ese
verdadero y único fierro caliente, que es
conducir dentro de la cancha.
El Enzo
fue ayer el maestro de ceremonias de la fiesta del Burrito. Pero jugando como
jugó mandó un mensaje. Cuando algunos jugadores que han pasado por la
edad actual del Enzo cayeron en depresiones graves, o hasta intentaron
suicidarse, él mando un mensaje de vida.
Demostró que estando muy de vuelta se
puede disfrutar y hacerse cargo de los más jóvenes, mostrando el ejercicio del talento, inventando cosas
dentro de una cancha, teniendo al gol como vedette absoluta, burlándose del rival como dice la esencia de este deporte,
lejos, muy lejos de cualquier tipo de violencia o arranque de impotencia del
rival ridiculizado.
Y el
brillo del Enzo protegió al Burrito. Lo hizo descansar
del enorme dolor de que le haya llegado el ocaso como futbolista, y en la
circunstancia en que se encuentra que es muy lejos de River, muy lejos de la
institución. Un Ortega que representó a un River partido, quebrado por la insensatez de sus
directivos, su falta de escucha, su quedarse en la historia.
No voy a
hablar a propósito de la catarata mediática que suscitó la salida del equipo del
Chori y Cavenaghi. Todos se disputaban ser el padre de la criatura: el ascenso.
Volver a
las fuentes. Volver al goce por jugar. Volver al espíritu de grupo. Volver a la humildad. Volver al fútbol. Volver a primera.
Roberto
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